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Taller de narrativa en Gijón. Impartido por Héctor Gómez Navarro en el café-librería La Revoltosa.

Taller de narrativa en Gijón. Impartido por Héctor Gómez Navarro en el café-librería La Revoltosa.

Enero de 2014

Llevo una temporada preguntándome por el todo y las partes. Más exactamente por la necesidad de que el todo se componga de partes cuando hablamos del libro de poemas. De que el todo sea un ensayo extenso y no una prosa de fronteras formales diluidas. Preguntarse por el tamaño del canon y la mercantilización subsiguiente de los formatos que le son inteligibles. No tengo claro a dónde me llevarán las preguntas porque luego la suerte hace que empiece 2014 leyendo Las señales que hacemos en los mapas, el nuevo libro de Laura Casielles, que estará en librerías mediada la primavera de la mano de Libros de la Herida. Y quizá en los pilares de composición, ordenación y discurso de ese libro que es fruto de un trabajo lento de años haya alguna respuesta. Pero hoy no es día para hacer teoría de la colonización y descolonización del discurso, la historia o la memoria ni para excederse en las avanzadillas. Es el segundo libro de Laura que “veo” después de haber visto el que tuvimos la fortuna de editar. Es decir, es la segunda vez que bocanada de aire en el ahogo.


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Espero llegar a viejita para poder decir las barbaridades que pienso sin que me preocupen las consecuencias. Hablo de literatura.

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Creo que escuché a Erika Martínez leer el poema que abre El falso techo (Pre-Textos, 2013) en Cosmopoética, en el recital de Emergentes. Y leerlo en las páginas de su nuevo poemario me devolvió exactamente allí, a ella leyéndolo y desafiando unas cuantas gilipolleces. Puede que no fuera allí, pero para la tercera Ciudad en Llamas yo ya lo había escuchado. Da igual. La simpatía fue instantánea. El respeto por lo que escribe se fue posando desde entonces. Se podría hacer una crítica sencilla hablando de cuántos falsos techos tenemos encima, nos quitamos de encima, vamos desmontando como capas de cebolla. De este libro, sin embargo, a mi me interesa la tortícolis. El techo encima, de acuerdo. Pero es que no se ve al vivir. Al vivir hay suelo y horizonte y el poema, sólo el poema, nos hace torcer los huesos para ver mejor. Sólo el poema se queda como pinzamiento para recordarnos que en la amplitud de un viaje, en un avión, en la propia casa, habiendo o no techo, habiendo o no consciencia de lo que nos contiene, estamos contenidas. Y según el giro de mirada y lenguaje de una poeta feliz de ser miope en este libro, así los resultados. Los resultados son íntimos, generacionales e históricos. Como ese primer poema. ¿Qué quedará de los textos cuando alguien se quiera explicar, desde la historia política, el deshilacharse de los mitos fundacionales de quienes nacimos para la vida en democracia feliz y boba? Algún poema de Erika, de este libro, quedará. Porque el trabajo de maza con esos falsos techos no ha sido pequeño. Mi poema favorito –y es difícil escoger– se titula “Decir”: “Tiemblan el suelo que piso / y las ramas contra el cielo. / Las palabras que no digo tiemblan”.

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Raquel Fernández Menéndez ganó el año pasado el concurso poético de la Universidad de Oviedo y desde hace unas semanas vuela bellamente editado su Libélula. No se lleven a engaño con el título: la cita inicial es de Juan Carlos Mestre y dice “Yo tenía una libélula en el corazón como otros tienen una patria a la que adulan con la semilla de los ojos”. La libélula en el corazón es la escritura. Este libro habla de mitos propios, lecturas, tópicos y no tan tópicos de juventud, de palabras y de referencias. Bien medidos, eso sí: Raquel se mueve cómoda entre el homenaje evidente y la incorporación. En ese sentido, un libro que tiene tanto de autopoética se vuelve comunicable y deja versos luminosos. Puede que una de las cosas que más me ha interesado del libro es ver que una autora obviamente joven (nacida en 1993) ha crecido incorporando referencias de otras autoras jóvenes. En dos hornadas de aparición, incluso. Están Elena Medel y Miriam Reyes, por ejemplo. Hay otro estadio intermedio con Casielles y Sofía Castañón. Hay muchas más cosas, claro, pero para mí es revelador que en una genealogía literaria convivan esos cuatro nombres con naturalidad. No que convivan entre ellos, sino con todo lo demás. Un primer libro de poner sobre la mesa lo que una es en las lecturas y en las miradas. Y en un texto de este tipo yo valoro la honestidad. No pretendo apreciar una virtud para exonerar una falta formal o temática: si se juega con homenajes, puntos de vista, referencias, etc., honestidad es ir más allá del mero ejercicio literario. No plagiar, vamos. Decir algo que, aunque inserto en otra cosa, sea propio. Eso es Libélula.

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Una reseña de El teatro de la luz, la segunda novela del poeta Juan Vico, se titularía para mí “Walter Benjamin en la era del cinematógrafo”. La novela ganó el premio de la Fundación MonteLeón y la edita Gadir. En la Barcelona de los años 20, la industria del cine se abre paso. Eso podría decir y de hecho dice la solapa. También dice joven escéptico y crimen. Aburguesamiento e innovación. Gloria para la solapa. Yo diría que Vico conoce la época y conoce sus humores. Y como es poeta, tiene el don de escribirla desde allí. Esta novela es una historia de flâneurismo. Así que tiene a Baudelaire topándose de golpe con una tecnología que permite consignar la ciudad moderna desde otro soporte, desde el texto fílmico. Mauricio, el protagonista, es ese flâneur. El autor tiene la mirada sobre la ciudad contemporánea y lo que supone para el sujeto individual e individualista del arte que tiene Benjamin cuando escribe la ciudad. La novela es deliciosa porque su autor se ha permitido que el lenguaje respire y transpire aquel entonces. Su primer texto, Hobo, era documental. Ojo, funcionaba como novela y lo era maravillosamente. Pero aquí la escritura fluye perfectamente consciente de lo que está contando y de desde dónde debe contarlo. No conocía ningún texto en el que la perspectiva del flâneur se asimile a lo fílmico. Tendrá que haberlo, claro. Pero como la reflexión teórica-política sobre esa figura la sitúa lógicamente en una época sin cine, el experimento de Juan Vico me ha parecido maravilloso. La mirada de la cámara y la mirada del paseante urbano que no puede de ningún modo tomar parte, que está lejos aunque esté en el centro del bullicio. Y esa lejanía es estética e ideológica y es el punto de vista de una cámara déspota preocupada por la emoción y la sensación, pero alejada de sentimientos y emociones. Preocupada por la creación de los efectos en el arte, rehusando su experimentación en vida. La vida como resultado de una digestión que conduce al arte. La posibilidad de contar ese mal de época empleando la tecnología del artificio, el cine. Aunque diga teatro el título de la novela. Pero hablamos de luz. Pero esto es cierto sólo a medias porque además del protagonista, hay otro hombre de cine, Ciret, que no comparte la premisa de distancia o lejanía del flâneur. Que quiere realidad en un sentido alejado del realismo mal entendido. La época en el equilibrio de ambos personajes. El magistral manejo de sus dos discursos. Cito de sus primeras páginas maravillosas: “Los negocios no tiemblan. El pan no tiembla, la mano toca la corteza rugosa, las plantas firmes sobre el suelo familiar. // El cine tiembla. El ojo vuelto hacia dentro y el cerebro tembloroso, deshecho, convertido en papilla onírica”. Si ahora mismo tuviera que explicarle a alguien una línea concreta de pensamiento y vida previo a las vanguardias más célebres del XX. Si tuviera que explicar el caldo de cultivo, los paradigmas enfrentados, la lucha entre orden y degeneración, si tuviera que situar, lo haría explicando esta novela. La maravillosa recreación que es esta novela. Por la época. Pero también la maravillosa traslación de aquel entonces al hoy, al sujeto hoy, que hace Juan Vico.

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La intrahistoria de la anotación anterior es un paseo por Barcelona. No podía ser ni más ni menos. No podía ser otra cosa.


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¿Qué propósitos literarios tienes para el 2014, Alba? Has vuelto a escribir poemas. No tienes prisa con ellos. Pero tienes prosa y un agujero en el corazón. Y has descubierto, pequeña imbécil, que en la ficción bailan felices los fantasmas.

Un poema para entrar al invierno

(para Miriam Reyes, en homenaje; para las hermanas, en lucha)

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Tu soledad está ocupada.
La pueblan los fantasmas,
los espejos del ser
enseñado a ocultarse.
Tu soledad está ocupada
de órganos impuestos.
Alguien mueve tus labios.
Alguien siente por ti
el miedo a tu soledad.

Tu soledad está ocupada
de estatuarios cadáveres,
hermosos y mudos.
Se mueven apenas
con la dulce cadencia
de muñecas sin ojos.
Llevan en las manos
laringe y lengua y queman
sus silencios estridentes
en tu corazón.

Tu soledad está ocupada.
Te enseñaron el incógnito
de tu propia vida.
Temer a la que grita,
ocultar a la que ama.
Tragar la voz y que te baste
la fría ceniza
del trayecto del astro.

Tu soledad está ocupada.
Eres tú policía y la norma.
Eres tú la que arde
en alambradas de ruido.
Tú la que temes
el silencio del cuerpo
el deseo del cuerpo
el calor de otro cuerpo
abandonarse en el cuerpo
estando sola.

Anda, mujer,
levántate de ti.

Noviembre de 2013

No sé cuánto tiempo dedico a pensar desequilibrios. Hay menos mujeres que escriben crítica literaria. Hay menos blogueras que afrontan ese asunto en sus tribunas virtuales. Cada vez que abro un suplemento y/o revista cultural, me sea querida o me sea indiferente, empiezo por el recuento de firmas y temáticas. Luego me quedo poco tiempo leyendo, la verdad. Caigo presa de la numerología. Las lecturas de la tesis, pensar la tesis, me tiene lejos de lo virtual. No es malo. Pero en mi vida, de alguna manera, es otro desequilibrio. Me encantaría, a la vez, poder escribir breve y conciso, no irme por largos desarrollos, por todos los argumentos, por el vicio académico de levantar edificios sólidos, aunque sean de tela fina, aunque sean con materiales de duda, aunque sean precarios. Pero que se vean cimientos, bases, estructuras. Que no se caigan al soplar. ¿Se cae el texto si es breve y se le interpela?

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Ediciones Liliputienses reedita Espejo negro, el primer libro de Miriam Reyes. La edición va acompañada de algunos inéditos. El libro estaba descatalogado mucho antes de la desaparición de DVD así que, aunque no lo sepáis, estáis de enhorabuena. Como en los últimos meses he leído mucho a Miriam y la he pensado a la luz del utillaje teórico y con la intención de hablar de ella en los términos precisos en los que ese libro, su obra en general, mueve la frontera del conocimiento poético en castellano de una manera distinta y potente, me cuesta mucho decir nada que no me suene vacío. Tal vez estoy en una etapa en la que me cuesta hablar de lo que me importa, en la que todo me cuesta energía y por eso, como la poesía y la poética de Miriam Reyes me importan, me cuesta acercarme si no puedo hacerlo a manos llenas. En un fragmento, no puedo. No me sale esa conmoción.

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Elena Medel gana el Loewe Joven. Habrá libro nuevo. El jurado ensarta nombres, referencias, referentes. Elena Medel dice en una entrevista que de lujo, pero que Ángela Figuera Aymerich. Yo pienso que a veces el mundo gira con una dulzura que se escapa al oído del enemigo. De Elena Medel me gusta que no tiene prisa al publicar su obra poética. Que deja las cosas posar y reposar. Los tiempos entre publicaciones lo confirman. Hay evolución. Espero marzo, el nuevo libro, con ganas. Elena fue la primera poeta en la que yo pensé como posible el hecho de la escritura propia. Eso también es conmoción y es difícil contarla en un fragmento.

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En 2014 verán la luz dos poemarios que no me pueden hacer más feliz. Y me voy a permitir la gilipollez de deciros que hasta aquí puedo leer. Casielles. Alonso. Equipo de lujo.

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Cada vez que alguien desprestigia una novela (aunque sea El tiempo entre costuras) diciendo que es “folletinesca”, gana puntos para que el fantasma de Víctor Hugo lo cosa a mandoblazos. El folletín, el melodrama, la forma… hay explicaciones históricas, procesos, siglo XIX. El folletín está desprestigiado en la alta cultura, en la idea que tenemos de nuestro canon, entre otras cosas porque es el soporte material y popular de la lectura femenina y de la lectura de la clase obrera. Eugenio Sue. Pero ha quedado el estigma de la literatura “para señoras”, de lo “folletinesco”. Pero en origen hablamos de “la cuestión social”: mujeres y obreros. Problemas. Pero Galdós usa técnicas de folletín, maldita sea. Esto me lleva a pensar: hay gentes que no se despeinan lanzando balonazos a la narrativa del XIX, a Cortázar y su Rayuela, a la poesía de Benedetti. Y como tonta del todo no me considero, me vuelvo intransigente: ante esa crítica, ¿tienes una línea que equivalga? ¿entiendes el realismo como el relato fiel de la realidad y te permites asumir que hace 100 años todo el mundo vivía muy tranquilo y muy estático? Entonces, chau.

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Obrera es Los Javaneses, novela del autor polaco-francés Jean Malaquais. Edita Hoja de Lata, de nuevo rebuscando en el baúl de lo no traducido, no editado en España y de nuevo dando en el clavo (reeimprimen las Cartas de una pionera y me alegra muchísimo la noticia). El autor tiene una escritura que yo definiría entre lo endemoniado y lo diabólicamente divertido. Pero una mina con vida perra, unos personajes que son un cuadro en sí, unas relaciones perladas de ganas de vivir a pesar del desastre, una lengua propia y mezcla, un barullo de voces entrelazadas no merecen menos. No es una lectura fácil. El libro a veces se atraganta, pero es una delicia tan ajena y tan cercana a la vez, que merece la pena el esfuerzo. La narración, el retrato en la literatura obrera, se reviste de la dignidad que solemos darle a lo que lo merece, claro. Pero eso a veces encorseta, esculpe personajes y discursos en estatuas de realismo mal entendido, iconos pero no carne. Por eso es tan potente el enganche de Los Javaneses: la dignidad no es una mirada que el autor quiera levantar en el texto sino que emerge de éste, no se pone en cuestión, no hace falta fingirla: tal como Malaquais cuenta algo que ha vivido, esa dignidad, esa fuerza, se le supone. Eso es fresco y es un reto en forma y fondo militante. Y como tener una verdad lleva a olvidarse del camino hasta alcanzarla, toda mirada que haga bailar la silla se agradece. Yo me entiendo. Y reitero: larga vida al robotín simpático de esta editorial gijonesa.

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Trabajar sobre aquello en lo que nos sentimos cómodas es más sencillo que trabajar sobre algo que no se sitúa en nuestro espectro. Entiéndase por trabajar, investigar y escribir. Normalmente elegimos temas que nos son próximos, con los que compartimos paradigma. Pero creo que casi tan feliz en términos de resultados como eso, es trabajar sobre algo que a priori no te es cómodo, plantea demasiadas preguntas. Mi tesis habla de emancipación y de teoría política potente, activa, con intención de cambio en el texto y en el espacio. Pero mucho tiempo lo he pasado entre manuales pedagógicos, decimonónicos ángeles. En la contradicción. Y esa frontera es ahora mismo el único sitio desde el que sé mirar. Eso se lo debo a mi directora de tesis que además de muchas cosas es generosa: me regaló una autora, una intuición. Cristalizan aquí un poco. No se alaba suficientemente la importancia de las maestras.

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Sofía Castañón ha vuelto a escribir y lo hace con Ismos. Me permito decir ha vuelto porque sé que lo que contiene ese libro-objeto-artístico es nuevo y vuelve a la conmoción. Ya no necesita rodearla, ya lo es. Pienso en el libro como una espita y en los versos desnudos cargaditos de imágenes no habituales en ella como en dones no pedidos. Dijo en la presentación que fue difícil el proceso de crearlos pero no lo parece: parece que en el fondo las palabras salen de donde deben salir. El silencio sirve para poner en caos el orden, amordazar el orden, dejar hablar al cuerpo. Hay cuerpos que, ocasionalmente, dicen más que otros. El libro está ilustrado por Gabriel Viñals y en las imágenes, otro regalo.

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Niña educada por el sistema para la excelencia individual, a mis 27 años he enfrentado por primera vez un texto a cuatro manos. No ha sido una prueba de alto riesgo: con Laura nada lo es. Era naturalmente lógico hacerlo. Y ahí nos vimos las dos, desahuciadas de las lógicas e incapaces de responder a la pregunta que nos formulaban las compañeras de la revista La Madeja. El número va de amores, ¿qué vais a hacer? Y al final nos hicimos preguntas. Dialogamos preguntas. Pusimos en el texto la conversación pero dejando el texto en los límites del poema. Me interesa, nos interesa, que nos digáis qué os parece, la verdad. Otras veces no, pero de esto sí. Esto de verdad nos parece importante: y aquí está la revista para seguir el diálogo.

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¿Muchos fragmentos pueden componer una techumbre pequeña que al menos me deje dormir tranquila?

Las “Cartas de una pionera” de Elinore Pruitt Stewart en Hoja de Lata

El verano ha empezado con una joya. Muchas veces la decisión de comprar un libro tiene que ver con trabajo, tiene un afán sociológico e histórico sin que la cuestión de estilo o la belleza influyan demasiado. No está mal, es la idea: aprender, conocer. Si compro un libro porque lo ha escrito una señora que en 1910 está viviendo en el Oeste norteamericano como hacendada, viuda y con una criatura, en esa descripción hay a priori un interés profesional más que una hipótesis de lectura apasionante. Así que cuando partiendo de lo que leo para saber más sobre la historia de las mujeres en general, llego a textos tan deliciosos como éste, el gol es olímpico.

Todo aquí tiene sabor pionero: la editorial, Hoja de Lata, acaba de nacer y hasta donde sé en Gijón. Larga vida al robot simpático del logo editorial, sobre todo si pronto va a publicar el otro volumen de textos escritos por esta mujer excepcional.

La premisa es sencilla: harta de la vida laboral en Denver y de las condiciones del trabajo fabril, esta viuda se coge a su niña de unos dos años y acepta un trabajo como gobernanta en el rancho de un vaquero escocés en Wyoming. Y en unas cartas llenas de paisaje, de sabor, de compañerismo, de solidaridad, de soledad, le va contando su vida nueva a una antigua amiga y exjefa.

Se supone que Elinore Pruitt no tuvo una gran formación (de hecho, googleando he leído que su escolarización terminó cuando un grupo de hombres le dio una paliza a su maestra, lo que en fin, en fin…) pero sí tiene y demuestra un talento natural. Autodidacta desde la escritura a la tierra, al gobierno de sus terrenos como colona y de la casa que poco a poco va construyendo.

Todo lo duro se va en un sentido del humor a la vez lúcido (porque no engaña ni oculta) y divertido, que le da la vuelta a todo y de todo sale adelante. Leemos a una mujer resuelta, muy consciente de que ciertas cuestiones relativas a su sexo y condición la constriñen, pero muy capaz de aprovechar las oportunidades que la vida el presenta: largarse al Oeste, ser dueña de un pedazo de tierra y no asalariada en condiciones menos que precarias:

cualquier mujer a la que no le importe su propia compañía, sea capaz de apreciar la belleza del ocaso, le guste cultivar cosas y esté dispuesta a invertir tanto tiempo como sea necesario en el desempeño cuidadoso de la brega, tal y como hace en el lavadero, tendrá éxito seguro, independencia, toda la comida que quiera, y en definitiva, una casa propia (161)

"Cualquier mujer a la que no le importe su propia compañía". Bendita soledad de la montaña nevada que nos permite pensar y ser. Qué preclaro el deseo de ser independiente, qué bien luchado. Y no sola (y lo cuenta el prólogo: nada del mito del colono individual frente al mundo), sino con una compañía de amistades que aparece en las cartas, que se hace familia, que es familia porque sin la concurrencia de mucha solidaridad y mucha conciencia de grupo frente al complejo medio natural, nadie habría sobrevivido en ese poblar las tierras arrebatadas a las comunidades indígenas en las décadas finales del siglo XIX.

Hay algo genial en Cartas de una pionera, algo relacionado con la vigencia y con que no se convierte en un texto de canto idílico al medio natural. En absoluto. No podría porque no engaña. Es decir, que yo me iría al monte con la señora Pruitt Stewart pero no esperando lo bucólico y tranquilo, sino lo otro, lo de verdad. ¿Libro de cabecera para echarse a cualquier monte y aprender a comer de lo que se planta y caza, a vivr del trabajo en equipo y del propio esfuerzo? Sí, pero ella misma nos hace una prevención: “Está claro que estoy hecha de pasta dura, pero todos los que lo intentan saben que la fortaleza y el conocimineto vienen con la práctica” (204). Y, en fin, sería estupendo escapar de una ventisca y darse de bruces con su rancho y que en la cena haya venado, guisantes, pan recién horneado, mucha mantequilla, ese café que tan bien huele hasta en las páginas de esta correspondencia…

Sobre “La otra hija” de Sofía Castañón

El pasado 14 de junio, Sofía Castañón y yo recitamos en Cambalache, en Oviedo. Fue una presentación poco al uso porque cada una habló del libro de la otra y después dialogamos unos poemas. En el blog de Sofía podéis encontrar el texto con el que presentó mi libro. Hoy comparto yo el que escribí pensando en su La otra hija.

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La imagen parece sólida, parece tan real como la proyectada en la pantalla de cine. La imagen es realidad en tanto que no podemos verle las aristas, los engarces de cada una de sus caras, las costuras entre sombras y reflejos. La imagen es verdad. Pero si nos asomamos por los resquicios que cada uno de sus planos forma, leemos en el poema:


Hablamos de la mañana
ancha temiendo que conociesen
nuestro secreto, que nos pasasen
coches por encima al descubrir
-ellos, siempre tan rápidos-
que tenemos alquitrán en el pecho,
que padecemos la gripe de los siameses
o alguna otra alergia tan mortal
como perder un órgano o un hueso hermano.
La mañana ancha,
el sol que parecía inofensivo,
nosotros tan vivos
y con tanto miedo.

La imagen huye de los espejos porque en ellos explota el conflicto entre lo que es, lo que le dicen que es, lo que desea ser, lo que desean que sea. La imagen se acoge a mitos salvíficos que, en su crudeza, le sirven de puntal. La imagen es vida, no imagen, y teme. Y porque teme, escribe. Y al escribir, deja de ser reflejo pálido, discurso, porque al enmascararse en un código nos hace una finta: a ti que lees te digo que soy, te digo que no me creas, uso mis reflejos, mis imágenes, mis historias para componerme. Soy una y varias. Soy fragmento y todo. Soy todo eso. Soy compleja y estoy aprendiendo a no ofrecerte aquello que mejor te refleje, que mejor te haga sentir, seas padre, madre, hermano, ocasional en la cama, compañero-enemigo. Soy compleja y escribiendo aprendo a mostrarme entera, rota y sólida a la vez, fragmento y todo, he dicho. Soy la otra y ésta, soy frontera. Escribo desde ahí y entonces me cuento. En tu mano aceptar lo complejo, apartarse de lo uno, buscarme bajo la ironía y saber que, al poner en solfa las imágenes, hago que te aproximes mejor al corazón.

Eso podría decir La otra hija de Sofía Castañón. Que tiene miedo, que está viva. Que en palabras se explica mejor todo esto. Que de las trampas de las palabras se puede escapar saltando. Que la instrucción es obviar la instrucción. Que ella una vez tuvo mapa, mitos, camino, senda de garbanzos hacia el bosque y hoy no pero no importa. Que se duele para encontrarse. Que sólo parece frágil. Que eso es su espina. Que haciéndote sangrar hace que veas la sangre. Que escribiéndose se apresa, que en las herramientas de escribir no incurre en la ficción más allá de lo necesario. Que si se ofrece toda se salva y te salva, porque la otredad es aquí trinchera. Que siendo sin límite, se ve mejor el horizonte. Que si le pones una cerca, dulcemente la derrumbará. La otra hija dice que es en la duda. Que lo tengas en cuenta y no la conviertas en falsa imagen.

Aireando

En esta semana sin cole, estamos aprovechando para airear un poco las habitaciones virtuales. Hacemos obra para ampliar el rancho 2.0 y eso requiere una mano de pintura en lo ya existente, para que lo que viene no desluzca lo que de tiempo acompaña.

El blog cambia de título pero porque Life from a trapeze  va a ser el nombre de la habitación nueva. Tumblr queda para lo libresco, con voluntad de llevar en orden las lecturas, las notas, las recomendaciones. Dejo la fecha de hoy como inicio del propósito y prueba posible de que su cumplimiento es, de nacimiento, dudoso.

María Lejárraga me perdone por versionarle un subtítulo y colocarlo de letrero en el cuarto de leer.

Presentamos en FNAC con Alfredo Gonzalez

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Mañana a las 19:00 estaremos presentando mi Parentesco y La otra hija, de Sofía Castañón, en la FNAC de Parque Principado, en Siero. La presentación va a ser cosa de Alfredo González y tendrá que perdonarme este rapto nostálgico en la foto. Es de 2006, de la primera vez que sin conocerlo lo liamos para un recital de Hesperya. De hecho, fue el primer recital de Hesperya, con el que bautizamos el primer número de la revista… Que mañana nos acompañe dice mucho de lo hermoso que es el vértigo en ocasiones, sobre todo cuando viene de la mano de la amistad y los proyectos.

Presentamos en Barcelona

El próximo jueves 14 de marzo a las 19:00, Sofía Castañón y esta menda estaremos presentado nuestras criaturas por tierras catalanas. Será en la librería Pequod Llibres (C/ Milà i Fontanals, 59) y acompañadas La otra hija por Jenn Díaz y mi Parentesco por Juan Vico.

La foto es de Manu Cabañas y la he tomado de este estupendo artículo sobre la libre en Jot Down. Si la ciudad, sus gentes y los libros ya dan ganas del viaje, conocer Pequod remata el asunto :))

Eros

Soy de árbol.

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Tú no puedes saberlo porque llevo barrotes,

va colgando en la piel

tanta costura.

*

La vida. Pero quién es la vida. Con qué manos nos

separa

los muslos, cuál

de sus lenguas nos come de este modo el corazón.

*

Soy una encina en algún monte griego por la noche:

me he sacado los ojos y para ti los piso. Un hatajo de astillas

invernal sin historia. Poco más. Duéleme

al derribarme.

*

Poema de La soledad criolla, Martha Asunción Alonso, premio Adonáis 2012 (Rialp, 2013). Los asteriscos son míos, que esta puñetera plantilla no deja hacer saltos de linea en condiciones…